Filosofía de la educación
El profesor rumiante

El miedo sustituye al respeto, al amor; a lo sagrado, a lo divino.
(Autocrítica)
Considero que el recurso epistemológico más obsecuente en la formación del ciudadano planetario es la herramienta sagrada de este proceso, denominada, para mí, el profesor rumiante, esta condición lo convierte en obstáculo educativo muy peligroso. Debo abreviar el problema en su descarne más patético, de tal modo que, aparezca en su verdadera y monstruosa realidad. Si observa minuciosamente el proceso que se desarrolla cuando un ser, perteneciente a la denominada raza humana, debe poner en óptimas condiciones sus habilidades, capacidades y destrezas, para enfrentar el reto de subsistir, encontrará tres componentes dinámicos y potentes; estos son: a) subsumida en su propia esencia una herencia genética y; afuera b) una entidad profusamente compleja llamada familia-hogar; y, c) la escuela. Estas dos últimas tienen el mismo cordón umbilical: se llama religión, de repente el de más influencia. La triada que juega el papel de autoridad indiscutible e indiscutida son los padres, el cura y el profesor. Los tres forman la cadena de la condena más execrable de la raza humana; o, el alcance del nivel humano, más extraordinario, que supere a la bestia. Aquí solo se desarrolla lo concerniente al profesor; sería del caso tratar los otros dos; pero, no es el propósito. Aceptemos el término rumiar con dos cabezas; la primera, el masticar -los animales rumiantes-, el comensal que deja la parte dura de la carne para rumiarla hasta consumirla, una característica de la choledad en fiesta, rumiar el chicle hasta quitarle su sabor, su aroma. Es decir, rumiar y su parte física. La otra cabeza, la rumia mental como proceso en el que se produce una cadena de pensamientos excesivos, negativos y repetitivos, es el que nos interesa. Es un profesor rumiante aquel que define su función docente como “enseñar”. ¿Qué haces en el aula como función social formativa? Enseño, responde. Es un profesor rumiante. Pensemos en Sócrates (400 años a. C.) maestro de Platón, quien tuvo a Aristóteles como discípulo, su técnica fue la argumentación y sus geniales tres filtros que todo profesor debe utilizar a diario, en el aula: ¿es cierto? (Verdad); ¿es bueno? (Bondad); ¿es útil? (Utilidad) y su excepcional metodología: mayéutica, técnica para descubrir conocimientos, ideas; formar seres humanos, investigación-docencia-transformación. Pienso que la palabra enseñar debe tener mucha nobleza; pero, creo que ha sido abusada, violada, castrada. Tiene, también dos cabezas: una, consciente y; otra, inconsciente. La primera considera al estudiante como individuo -ser vivo, animal o vegetal, perteneciente a una especie o género, considerado independientemente de los demás y que se necesita meterle cosas en el cerebro para que aprenda, es un acto intencional, planificado, orientado, dirigido, supervisado, controlado, disciplinado y etcétera-; la otra, como persona -ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de una identidad propia- que necesita desarrollar su potencialidad natural, genética, como sus habilidades, capacidades y destrezas; constituye actos integrales, integrados, transdisciplinarios, autopoiéticos, emotivos, afectivos, bondadosos, autotransformadores, eco-auto-socializadores. Justos, libres, agradables. Todo, lejos del profesor rumiante; este sigue creyendo -consciente o inconscientemente-, que el ser humano llega con el cerebro vacío al que hay que llenar. Con lo que sea; pero llenarlo. Por eso repite, repite, repite monótonamente cosas y cosas ociosas, vagabundas, asistémicas, aburridas, sacadas de algo que llama planificación, ejecución y control sustentados en una robotización alejada de toda filosofía que tenga que ver con la condición humana. Su arma es el poder de la autoridad y, por tanto, el miedo. El estudiante, jamás puede, dialécticamente oponerse, a lo que dice el profesor rumiante porque le tiene miedo. El miedo sustituye al respeto, al amor; a lo sagrado, a lo divino. Sin embargo, el profesor rumiante actualiza su remasticada carnecita académica y se actualiza y renueva. ¿Cuándo sucede este milagro? Cuando aparece aquel antipático criticón al que nada le satisface; duda de todo; agua las fiestas, todo lo investiga; y, todos se apartan de él, le detestan; todo está conforme, excelente confort y viene a desarmarlo todo. La familia se reunía por la noche y conversaba sobre las tareas de la casa, los conceptos y su aplicación, las noticias familiares y, aparece este insatisfecho y crea la luz eléctrica, la radio, la televisión, los libros; el tiempo que fue pasado y mejor desaparece y los empuja a un cambio de sistemas inusitados. El cambio los llena de sospecha, de retos, de desesperación. El profesor rumiante recibe de este monstruo, ya no la herencia social, cultural, histórica sino algo que no entiende bien; pero, que acepta y utiliza: por ejemplo: el currículo por competencias. Dice que lo pasado es obsoleto; palabra a la que le tiene mucho miedo -sin reconocer que todo progreso está cimentado en peldaños de obsolescencia, por eso es maravillosa esta palabra-. Aparecen las inteligencias múltiples, igual, las echa a la bolsa y las va regando en su paso por lo que él cree, su enseñanza, sin más criterio que la rumia mental; viene utilizando, el profesor rumiante, algo llamado Turnitin (enemigo cantado del plagio), -estamos en el año 2022-, inventado en 1997, negocio mundial aceptado sin ninguna reticencia; lo utiliza como el mejor invento traído por Melquíades y, de este modo reemplaza esa condenada tarea llamada Investigación científica. Antes, en el año 1929, apareció otro control mundial, que también es un gran negocio se llama “Las normas APA”, esta genialidad cuadricula todo; es la gerente disciplinar que ha reemplazado a la “Letra con sangre entra” por “Asaltos son asaltos; o lo compras o te mueres”. Las editoriales circundan el mundo y sus agentes ofrecen tanto como los préstamos bancarios cuyos suculentos resultados insultan tanto, pero tanto, al género humano. El profesor rumiante corre con un componente, que ahora manejan muy bien, llamado USB y ruega a todo ponente -si es extranjero, mejor, aunque sea la última pacotilla; pero, extranjero, por favor-, de todas estas “inventadas”, para que le permitan sus diapositivas y las lleva -a enseñarlas-, como los Grandes Inventos del nuevo mundo transhumano. Sin ningún criterio, dado que nada de eso tiene que ver con la Investigación científica; solo son artilugios, venenos, para el natural desarrollo de la raza humana. Me encanta cómo susurra el profesor rumiante, ahora Doctor rumiante, la receta de solución técnica del plagio: el Parafraseo. ¡Bravo, carajo! Grita lleno de felicidad, ¿parafrasear? ¿Qué significa esto? Simplemente la distorsión total de la producción científica… nada más. La web está llena de esta monstruosidad: fórmulas sagradas, técnicas infalibles, uso de sinónimos, antónimos y hasta remoquetes. Escuchando a The Beatles pedimos a un maestro de inglés la traducción de “Let it be” y aparecieron las variantes que contextualizadas podían usarse. Imaginemos la traducción de un artículo científico de biología en “Literal translation”; ahora sí, sin duda el parafraseo constituye el fraude más grande en toda investigación científica. Supongo que las nuevas generaciones exclamarán: “los cavernícolas del s. XXI sí que estaban locos”. Mi profesora Paulina, en una ceremonia muy especial de despedida, se fue de la docencia, dejando las siguientes sabias palabras: “Me podré olvidar de esta institución, de todos ustedes, si es el caso; de mis alumnos; de todo; pero de este cuaderno, ahora, de tantas hojas amarillas que he repetido religiosamente, por más de cincuenta años, jamás, jamás”. Me hizo recordar a muchos de mis congéneres que, sustentados en la Ley, siguen el pensamiento pedagógico de mi profesora Paulina: ser profesor rumiante.

No lea esto, por favor:
Cuando el ser humano llega al planeta Tierra aprende de todo, mejor dicho, todo, de manera espontánea. Abre los ojos y, se recrea a lo grande. Toca, huele, gusta, intuye, acepta, rechaza, pide, olvida, recuerda, ¿sigo? Aquí se da un encuentro dialéctico entre su potencial genético para aprender y lo que el hombre, jactancioso él, le tiene preparado para someterlo y colonizarlo. Lo mete en una burbuja llenecita de sustancia cognoscitiva a través de hábitos de pensamiento de la que, a veces, nunca puede liberarse: está condenado a vivir preso. Será por eso que los grandes genios y talentos repugnan la escuela, la religión y la familia-hogar. ¿Qué se debe hacer para cambiar el contexto que encuentra la raza humana, en su visita a la Tierra? Los que vienen, dado que la vida es eterna, deben encontrar una posibilidad de mejor vida sustentada en la transhumanidad: más allá del bien y del mal; más allá de la ignorancia y la sabiduría; más allá del amor y del odio; más allá de la bestialidad, el salvajismo y la civilización; para eso hay que liquidar al profesor rumiante. Su universalización, su poder, su prepotencia involuntaria.